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¿Es mejor la América cristiana o la precolombina?

Por David Ramos (ACI Prensa)

11 de Agosto, 2017

Un 8 de noviembre, como hoy, Hernán Cortés entraba en Tenochtitlán, capital del imperio azteca y probablemente la ciudad precolombina más grande en el continente americano. Sobre sus ruinas hoy se levanta la Ciudad de México, habitada por alrededor de 30 millones de personas.

En los tiempos de corrección política, creemos y enseñamos en las escuelas que la llegada de los españoles a tierras americanas fue una cruel invasión y una imposición cultural y religiosa frente a sencillos e indefensos “pueblos originarios”.

Estos pueblos, sigue el cuento, vivían en un paraíso al cual sería bueno regresar, hasta que llegaron los codiciosos y sangrientos españoles y trajeron su cristianismo.

La cruz cristiana, en esta visión indigenista, es un signo del invasor, y la catequesis católica, un adoctrinamiento para pacificar a los locales.

¿Pero es que los españoles destruyeron este paraíso americano precolombino?

Los hallazgos arqueológicos de Tenochtitlán bastan para romper este cuadro. Solo formemos en nuestras mentes una imagen del “tzompantli” o “altar de cráneos”, una suerte de mueble prominente, con base de piedras y una estructura de madera, donde se colgaban los cráneos de guerreros derrotados sacrificados.

Un tzompantli dibujado en el Codex Durán.

Porque el imperio azteca era particularmente sangriento.

Con particular benevolencia, un artículo publicado en el sitio web de la Michigan State University de Estados Unidos señala que “los arqueólogos estiman que algunos pocos miles de personas habrían sido sacrificadas cada año”.

Algunos-pocos-miles-de-personas-cada-año.

“Algunos eran miembros de la comunidad azteca, pero creen que la mayoría eran prisioneros de guerra”.

Pero no solo guerreros.

Este año, la prensa de todo el mundo se hizo eco de un macabro descubrimiento en el “Huey tzompantli” de Tenochtitlán: entre los cráneos de las personas sacrificadas se encontraban mujeres y niños.

Hasta julio de 2017, con solo dos años de trabajos arqueológicos, se encontraron 676 cráneos, pero se espera que la cifra aumente.

Los aztecas tenían al menos 18 celebraciones al año en las que realizaban sacrificios humanos.

Emilie Carreón Blaine, en su libro “Tzompantli, Horca y picota”, relata lo que habría sido el proceso de sacrificio de los aztecas, y hacen que algunas de las más horrendas películas de terror que se estrenan en estos días parezcan cuentos de niños:

“Guiados por un sacerdote, siguiendo convenciones y procesos ceremoniales establecidos, y tras convertirse en víctimas sacrificiales, en fila, los cautivos marcaban el circuito ritual. Rodeaban el temalacatl y alcanzaban tzompantitlan, el lugar de los cráneos. Una vez sacrificados —por decapitación, aunque generalmente se les arrancaba el corazón y había otros tipos de muerte—, los cadáveres se bajaban. Eran rodados desde la cima del templo, tomados y procesados por los que tenían a su cargo esa tarea”.

La historia no termina aquí:

“La cabeza se cercenaba del cuerpo y podía ser despellejada y tratada para eliminar las partes blandas. A su vez, los cráneos se perforaban por las sienes y se ensartaban en un delgado morillo o vara, y cuando el tiempo los erosionaba y destruía, cuidadosamente se iban reemplazando. Aparentemente, el Huey tzompantli, el mayor del recinto del Templo Mayor de Tenochtitlan, sostenía un gran número de cráneos, lo cual explica por qué estaba bajo constante renovación”.

Sacrificio azteca dibujado en el Codex Magliabechiano.

Esto, recordemos, se hacía 18 veces al año, sumando “algunos pocos miles de personas”.

El imperio azteca gobernó la región por casi un siglo, hasta 1521 en que fueron derrotados por Hernán Cortés y sus tropas españolas, con ayuda de otros grupos indígenas de la región.

Esto no quiere decir, en absoluto, que el imperio azteca haya sido de ignorantes. Es conocido que desarrollaron escritura, poesía e incluso artes plásticas de calidad.

¿Pero quién quisiera haber vivido en el mundo azteca de los salvajes sacrificios humanos mensuales?

Yo no. Yo, avergonzado por todos aquellos abusos que pudieron haber cometido cristianos excusándose en la evangelización, estoy feliz de que los españoles hayan llegado y hayan traído la fe a estas tierras asoladas por sacrificios humanos, ya sea de aztecas, de incas o de tantos otros.

 

Con San Juan Pablo II, yo le doy gracias a América por tus 500 años de fe cristiana”, y celebro que la “apertura a la gracia” y la “acogida” de este continente a la Palabra de Dios lo hayan hecho “pasar de las tinieblas a aquella luz admirable”.

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