Bishop's Column

El Language que Habla Dios

Por el Obispo James Conley

Antes de ser elegido Papa, San Juan Pablo II escribió, en un libro titulado “Amor y Responsabilidad,” “Elimina del amor la plenitud de la entrega, la plenitud del compromiso personal, y lo que queda será un rechazo y una negación total del mismo.”

En el 2014, escribí la carta pastoral El Lenguaje del Amor dirigida a las familias católicas y a los proveedores de atención médica en la Diócesis de Lincoln. En esta carta, me referí a la visión de la Iglesia sobre la vida matrimonial y la sexualidad humana.

En esta carta, noté que vivir la verdadera naturaleza de la vida matrimonial no es fácil. De hecho, requiere sacrificio. El sacrificio es el lenguaje del amor. El sacrificio es el lenguaje que Dios habla.

Como hijos de Dios, estamos hechos para reflejar el amor de Dios. La revelación divina nos enseña que Dios es una Trinidad — una comunidad de personas, una comunidad de amor. Por toda la eternidad, el Padre se entrega al Hijo, que recibe ese don y da de sí mismo en retorno al Padre. El amor entre ellos es la persona del Espíritu Santo.

Conocemos profundamente el amor de la Santísima Trinidad a través del misterio pascual de Cristo. Jesús hace la voluntad del Padre, aunque lo lleve a la muerte. Estamos hechos para reflejar a la Santísima Trinidad. Dios nos hizo para amar y recibir amor, y esto significa que estamos llamados a entregarnos a nosotros mismos y, a veces, a sacrificarnos.

Desde el principio, Dios diseñó el matrimonio como una institución para asegurar la permanencia, la unidad y la fecundidad dentro de la relación. Ciertamente, a través de la historia humana observamos que el pecado ha dañado la institución del matrimonio, pero el pecado no tiene la última palabra. Jesús, a través de su misterio pascual, nos ha redimido y, a su vez, ha elevado la dignidad de la institución del matrimonio a la de un sacramento. A través del sacramento del matrimonio, los matrimonios reflejan la vida de la Trinidad y el amor de Cristo a la Iglesia.

Dios ha creado a los seres humanos para que se deleiten en el acto marital para producir un mayor amor en la pareja casada, y también para producir nuevos seres humanos. El Señor da a las parejas la bendición inefable de permitirles ser cooperadores con Él en la creación de estos hijos de Dios, creados con almas inmortales, creados para estar con Dios por toda la eternidad.

Como dice Jesús en el Evangelio, “a todo aquel a quien se le ha dado mucho, se le exigirá mucho....”. (Lc 12,48). Con este gran regalo viene la responsabilidad. La Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, siempre ha enseñado que rechazar el don de los hijos erosiona el amor entre marido y mujer: distorsiona la naturaleza unitiva y procreadora del matrimonio. El uso de anticonceptivos interrumpe grave y seriamente el significado sacrificial, santo y amoroso del matrimonio mismo.

El 14 de octubre de 2018, celebramos la canonización de San Pablo VI, un hombre conocido por guiar a la Iglesia en tiempos difíciles durante sus 15 años de pontificado. Su predecesor, el Papa San Juan XXIII, murió durante el Concilio Vaticano II. El concilio fue suspendido, pero San Pablo VI reabrió el Concilio después de haber sido elegido papa en 1963. Después de que el Concilio fue completado en 1965, San Pablo VI encabezó la implementación del Concilio, lo cual fue un desafío, dada la confusión y la mala interpretación de sus reformas.

San Pablo VI dirigió la Iglesia en un momento en que el comunismo ateo se extendía por todo el mundo. Fue una época de gran ansiedad, ya que la amenaza de la guerra nuclear estaba en los corazones y las mentes de muchos en el mundo.

Quizás lo más memorable fue que San Pablo VI trató de frente con lo que a menudo se conoce como la “revolución sexual” y el aumento en el uso de anticonceptivos, especialmente después de la invención de la píldora anticonceptiva. En su famosa encíclica Humanae Vitae, promulgada en 1968, San Pablo VI expresó claramente los dos fines del matrimonio: el procreador y el unitivo. Sabía que la anticoncepción violaba lo que realmente es el matrimonio.

En Humanae Vitae, San Pablo VI predijo los efectos de una mentalidad anticonceptiva. Enseñó que una mentalidad anticonceptiva conduciría a un aumento de la infidelidad marital y a una “rebaja general de los estándares morales,” a la falta de respeto y objetivización de las mujeres, y a la intrusión del gobierno a través de programas agresivos de control de la población que violan la soberanía de la familia.

Desafortunadamente, las predicciones de San Pablo VI fueron correctas. La anticoncepción ha condicionado a hombres y mujeres, y por lo tanto a las culturas que forman, a negar la relación obvia e intrínseca entre el sexo y la concepción de una nueva vida.

La semana del 21 al 27 de julio es la Semana Nacional de Concientización sobre Planificación Natural de la Familia (PFN), que siempre se acerca al aniversario de la promulgación de Humanae Vitae, el 25 de junio. La Iglesia recomienda la PFN como un método para tomar decisiones sobre la participación en relaciones sexuales fructíferas. La PFN no destruye el poder de dar vida: en cambio, desafía a las parejas a discernir en oración cuando deben participar en actos sexuales que dan vida.

La Planificación Familiar Natural es una manera confiable de regular la fertilidad, es fácil de aprender y puede ser una fuente de unidad para las parejas. Usar la PFN requiere sacrificio y paciencia, pero el sacrificio y la paciencia no son obstáculos para el amor, son parte del amor mismo.

Los obispos, sacerdotes, teólogos y catequistas necesitan continuar enseñando clara y caritativamente la enseñanza de Nuestro Señor sobre el matrimonio y la sexualidad. Las verdades de Jesucristo no cambian debido al cambio de las normas culturales. Deben ser enseñadas cuando son populares e impopulares. Sin embargo, para que estas enseñanzas tengan un mayor impacto en nuestra cultura, es necesario que haya un testimonio.

Hay muchos católicos que hacen el sacrificio para acatar las enseñanzas perennes de la Iglesia con respecto al matrimonio y la sexualidad. Los animo a que compartan esta luz con los que los rodean. Aquellos que lo viven deben expresar, pareja a pareja, amigo a amigo, las alegrías-y sacrificios-de vivir la vida matrimonial como Dios la diseñó.

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