Bishop Conley's Writings

Love Made Visible

El Amor Hecho Visible

Una carta pastoral sobre la adoración de la Santísima Eucaristía
Obispo James Conley
Jueves Santo 2017

Read in English: Love Made Visible

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Estamos hechos para el amor. Estamos hechos para amar y ser amados.

Cada uno de nosotros anhela ser amado, porque el amor es el origen y el significado de nuestras vidas. Sin amor, nuestras vidas se sienten vacías, sin sentido y solas. Nada, de lo que la mayoría de nosotros ha encontrado, puede tomar el lugar del amor, nada nos puede satisfacer más que amor, dado y recibido, en el que experimentamos el amor de Dios.

Estamos hechos por amor, en la imagen de amor y con el propósito de amor, porque Dios es amor, y Dios ha creado cada uno de nosotros en y a través del amor.

De hecho, el amor está en el centro de lo que significa ser una persona. Y el misterio de todo cristiano es la historia de amor de Dios para nosotros, el amor de Jesucristo, quien vino al mundo por amor.

Cristo vino al mundo porque se habían roto los lazos de amor entre Dios y la humanidad por el pecado, y sólo él podría repararlos. Él vino porque Dios nos ama lo suficiente para expiar nuestros pecados. Él vino en amor para deshacer el quebrantamiento, dolor, vacío y muerte ocasionada por nuestro frecuente falta de amor. Llegó a aceptar la muerte que merecemos como pecadores, a morir para que pudiéramos tener vida. Él vino a salvar al mundo, a través del amor. Con amor, él se convirtió en un sacrificio para expiar nuestros pecados y para traer la salvación al mundo.

El amor es un sacrificio desinteresado y el sacrificio es el lenguaje del amor. El amor es el don de nosotros mismos a nuestros seres queridos. Y Cristo se hizo un don de sí mismo, nos dio su cuerpo y su sangre, ofreciéndose a sí mismo por nuestra salvación, cuando conquistó la muerte muriendo y levantándose otra vez.

Cristo nos dio su cuerpo y su sangre, como un acto de amor, para que pudiéramos conocer el amor de Dios.
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En la noche antes de ser crucificado, Jesús se reunió con sus apóstoles para celebrar la comida de Pascua.

Jesús y sus apóstoles recordaron las promesas que Dios había hecho a su pueblo: que proveería un sacrificio para expiar el pecado, que haría a su pueblo libre, que enviaría un Salvador, que traería la salvación al mundo.

Jesús les dijo a los apóstoles que él era "el camino, la verdad y la vida." Les dijo que él era el cumplimiento de cada profecía y expectativa, cada esperanza y cada promesa y que por su vida, muerte y resurrección, los hombres y las mujeres podrían vivir para siempre en unión con Dios.

Cristo reveló a sus apóstoles su misión de amor. Les dijo que "ámense el uno al otro, como yo los he amado." Les dijo que deberían de hacer discípulos, para proclamar el evangelio al mundo, "de modo que puede compartir completamente mi alegría.”

Antes de que él conquistara para siempre la muerte, en un sacrificio de amor, Jesús se entregó asimismo a la Iglesia el don de la Eucaristía.

Bendijo el pan, lo partió y lo dio a sus discípulos, y les dijo que era su cuerpo, que deberían tomar y comer. Después tomó un cáliz llenado de vino, lo bendijo y dio a sus discípulos, diciéndoles que deberían beberlo. "Esto es mi sangre de la alianza," Jesús dijo, «que será derramada por muchos para el perdón de los pecados."

En la Eucaristía, los apóstoles recibieron una parte de la identidad misma de Cristo: Se convirtieron en parte de su pasión y muerte, y también se convirtieron en parte de su resurrección. La Eucaristía unificó a los apóstoles con Jesucristo en los lazos del sacrificio de su amor.

"Haciendo el pan en su cuerpo y el vino en su sangre," escribió el Papa Benedicto XVI, "él anticipa su muerte, él la acepta en su corazón, y transforma en una acción de amor".

Cuando él les dio a sus apóstoles la Eucaristía, les dijo que “hagan esto en conmemoración mía.” Él les dio la gracia de tomar vino y pan ordinario y a través de sus palabras, transformarlos en su cuerpo y su sangre, para que sus discípulos en la Iglesia pudiera recibirlo y ser unificados a él en amor.

En la Eucaristía, el Papa Benedicto XVI enseñó, "El propio amor de Dios — su ágape, viene a nuestros cuerpos, con el fin de continuar su obra en nosotros y a través de nosotros."

En la Eucaristía nos hacen partícipes de la misión de amor de Cristo. Él vino a redimir el mundo. En la Eucaristía, estamos llamados a hacer discípulos de todas las naciones, para que todas las personas conozcan la libertad de la vida en el amor del Señor. Él nos ha dado — la Iglesia — una misión. Y en el don de la Santa Eucaristía, él nos ha dado a sí mismo, para que al seguirlo, nosotros podamos estar unidos a su vida, y que Él pueda estar presente, con nosotros, en todo momento, hasta el fin de los tiempos.
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Vivimos en una época y una cultura, que parece no conocer el amor de Dios. De hecho, San Juan Paul II enseña que estamos viviendo en una cultura que "a menudo vive como si Dios no existiera".

Nuestros valores sociales y culturales no son definidos por virtud o gracia, sino por sentimiento y confusión, por, como ha dicho el Papa Benedicto XVI, la "dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y cuyo objetivo último consiste únicamente en su propio ego y deseos".

El Papa Francisco dice que en nuestro tiempo, "la humanidad está experimentando un punto de inflexión en su historia," en la que "nuestros contemporáneos apenas viven día a día, con graves consecuencias." Somos muy conscientes de que en el aborto en nuestro mundo es tolerado, la conciencia personal es borrada y la familia es debilitada y atacada por el poder cultural que forma la opinión pública y política. Más personalmente, todos somos conscientes que en nuestra cultura post-cristiana, hombres y mujeres se ven afectadas por una terrible soledad, desaliento y, en última instancia, por la desesperación conmovedora de la vida sin Dios.

Hoy en día, los grandes avances en tecnología se han combinado con nuestra filosofía del relativismo para formar un mundo que necesita belleza, verdad, y bondad: que necesita el Evangelio de Jesucristo.

Vivimos en un mundo que está deseando experimentar el amor de Dios. Vivimos en territorio misionero, como "extranjeros en una tierra extraña.” Nuestro mundo, nuestra iglesia, nuestras parroquias, comunidades y familias tienen la necesidad de renovarse que proviene en y a través del amor de Cristo. Y Dios nos llama a ser misioneros de la renovación en Cristo Jesús.

Porque estamos bautizados en Cristo y hemos sido confirmados en el Espíritu Santo y unificados con Cristo en la Eucaristía, la misión definitoria de nuestras vidas debe ser "hace discípulos de todas las naciones."

Nosotros, que hemos experimentado el amor de Dios y nos hemos convertido en sus discípulos, estamos llamados, cada uno de nosotros, a ser misioneros del Evangelio, proclamando a Jesucristo, como si por fuera la primera vez, a nuestras familias, vecinos y amigos — a las almas que viven en una cultura que anhela a Jesús Cristo.

Pero para testimonio de renovación a través del amor de Dios, nuestros corazones deben crecer en amor cada vez más a Dios. Para ser verdaderos misioneros, debemos experimentar una conversión diaria del corazón — una renovación diaria de la vida en el amor de Dios. Y en el corazón de esta renovación está la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de toda buena obra a la que se compromete la Iglesia y en el corazón de la identidad de los grandes santos de Cristo. Los grandes misioneros y santos que han venido antes que nosotros han sido guiados, santificados y transformado por la Eucaristía. Se renovaron en el don del amor del Señor, en el Sacramento de la Eucaristía.

El Papa Benedicto XVI dijo que grandes Santos de la Iglesia "renuevan constantemente su capacidad de amar al prójimo a partir de su encuentro con el Señor en la Eucaristía".

La Eucaristía, que es la "fuente y cumbre" de nuestra fe, tiene el poder de transformarnos, para profundizar nuestra amistad íntima con Jesucristo, de rehacer nuestros corazones como el suyo y que llenarnos con el poder de su amor. Y hoy, porque Dios nos llama a renovar nuestro compromiso de ser r misioneros del Evangelio, él nos llama a profundizar nuestra devoción a la Eucaristía y ser transformados por el poder de la presencia Eucarística de Cristo.

"La Eucaristía no sólo reúne a la iglesia," escribió el obispo Dominque Rey, "pero nos envía, renovados, para reunir a todo el mundo".

Dios nos llama a ser santos misioneros del Evangelio. Y en el corazón de la santidad está la Eucaristía.
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De manera particular, Dios nos llama, en la diócesis de Lincoln, a cada familia, cada parroquia, cada escuela y en cada comunidad religiosa, a crecer más profundamente en amor con el Señor y a ser misioneros de su amor, a través de un compromiso más profundo con la práctica de exposición y adoración de la Eucaristía.

Cuando adoramos a Cristo en la Eucaristía, expuesto en la custodia, contemplamos directamente el misterio de su presencia. El Papa Benedicto XVI dijo que cuando miramos a Cristo en la Eucaristía "entramos en la dinámica de su entrega." Por esa razón, adoración de la Eucaristía, expuesta a nuestra vista en la custodia, es particularmente importante para nosotros y un particularmente poderoso encuentro con el Señor.

A menudo pido a los niños imaginar el ir caminando por la casa de la Sagrada Familia en Nazaret. Los niños que aman al Señor podrían recordar que Jesús vive allí y hacer un gesto de reverencia o decir una oración corta. Pero si caminamos por la casa del Señor y él está afuera en el porche, y nosotros podríamos mirarlo directamente, nos deja y hablar con él y saber que nos escucha y nos habla. Lo mismo ocurre con la adoración a Cristo en la Eucaristía, visible en la custodia. Lo vemos, y sabemos que él nos ve. Hablamos con él, y sabemos que él nos oye. Cuando adoramos a Cristo en la Eucaristía, expuesto en la custodia, el Señor activa todos nuestros sentidos, a través del ministerio de la iglesia, nos despierta para poder encontrarlo.

El Papa San Juan Pablo II escribió que a través de la adoración de la Eucaristía, "podemos decir no sólo que cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino también que Cristo recibe a cada uno de nosotros. Entra en amistad con nosotros: 'Ustedes son mis amigos.' "

En la amistad, en el diálogo de la adoración eucarística, Dios nos transforma, por lo que, en el amor, podemos darnos como un don de nosotros mismos al mundo, así como Cristo ha hecho un don de sí mismo en la Eucaristía.

El Papa San Juan Pablo II hizo un llamado a la adoración eucarística una "fuerza transformadora", que nos transforma y transforma al mundo.

El encuentro con Cristo en la adoración del Santísimo Sacramento es una invitación, para todas las personas, para profundizar en su relación con el Señor y crecer en comunión con su Iglesia. En adoración, crecemos en unidad y amistad con él, aprendemos a escuchar su voz, para conocer su voluntad y, muy especialmente, a conocer y confiar en el poder de su amor.

Todos, sin importar sus circunstancias, pueden arrodillarse ante la Eucaristía, y encontrarse, en la realidad visible, el misterio poderoso y transformado del amor de Dios. Todos deseamos amor, y en el don de la adoración Eucarística, podemos todos experimentar el amor del Señor.

Nadie tiene que ser un místico para arrodillarse ante el Señor en adoración. Cada uno comienza la práctica de la oración sin saber mucho acerca de como orar. Pero en silencio, de rodillas ante Jesús, aprendemos como Dios nos habla. Aprendemos a escuchar su "pequeña voz", y aprendemos a hablar a Dios desde lo más profundo de nuestros corazones. En silencio, aprendemos a dejar de lado las distracciones que plagan nuestro tiempo — el canto y el zumbido de nuestra tecnología y simplemente experimentar la presencia de Dios, el cual nos transforma en paz.

"La primera lengua de Dios," dijo San Juan de la Cruz, "es el silencio." En el silencio de la adoración Eucarística, aprendemos la verdadera humildad. Como nos arrodillamos ante nuestro Dios Creador, nos enfrentamos con el poder y el misterio del amor de Dios. Y es desde este silencio y humildad que experimentamos una profunda comunión y amistad con Dios.

El Cardenal Robert Sarah dice que "el silencio es una actitud del alma", y que cuando adoramos al Señor en silencio, su presencia llena nuestros corazones, nuestras mentes y nuestra imaginación.

Una vez más, el Cardenal Sarah escribe que "sin la humildad radical, expresada en gestos de adoración y ritos sagrados, la amistad con Dios no es posible. Silencio cristiano verdadero se convierte en sagrado silencio que se convierte en silencio de la comunión. Por esta razón el silencio es necesario para una verdadera vida sacramental: conduce a la adoración, a un encuentro personal con Dios vivo. Ante la majestad divina, estamos sin palabras. ¿Quién se atreve a hablar up en presencia del Todopoderoso?"

Hay pasos en la oración que podemos tomar, en el silencio de la adoración Eucarística, para escuchar la voz del Señor. Podemos empezar por dar gracias a Dios por su presencia y pidiéndole que nos ayude a conocerlo y amarlo. Podemos reconocer nuestras distracciones y pedirle al Señor que nos dé el don de silencio. Y, a través de las escrituras, o los misterios del Rosario, a través de algún otro tipo de práctica espiritual o lectura o a través de la simple contemplación de la bondad de Dios, podemos empezar a escuchar la voz del Señor. Podemos compartir nuestro corazón con el Señor y pedirle que llene nuestros corazones, nuestras mentes y nuestra imaginación con su presencia.

Dios nos habla cuando está presente ante nosotros en la Eucaristía. Sólo necesitamos aprender su idioma: sólo necesitamos arrodillarnos humildemente ante el Señor, con confianza en Dios, iniciar un diálogo en silencio — íntimo, poderoso y real.
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Cristo dio a su iglesia la Eucaristía antes de enviarnos a proclamar el Evangelio, porque el discipulado misionero requiere la Eucaristía. La adoración del Santísimo Sacramento nos condiciona para la caridad y para la comisión de ser enviados, amando a Dios y amando a nuestros semejantes.

El Papa Benedicto XVI dice que la adoración del Santísimo Sacramento siempre debe prepararnos para amar como el Señor nos manda. En la adoración de la Eucaristía, él dice, "nosotros seremos transformados... Su dinámica entra en nosotros y luego busca propagarse a otros hasta llenar todo el mundo, para que su amor pueda ser realmente la medida dominante del mundo."

Ciertamente, adoración de la Eucaristía puede transformar la vida familiar para la santidad y misión.

Padres que oran con sus hijos tienen niños que crecen y rezan. Los niños miran a sus padres como modelos de discipulado y son más propensos a crecer en el amor relación con Dios si ellos ven a sus padres como hombres de oración. Padres que llevan a sus hijos a la adoración, son modelo de un humilde discipulado para sus familias y forman para ellos un discipulado permanente.

Las madres que toman tiempo para visitar al Santísimo en la adoración se renuevan para el desafío cotidiano de su vocación. La maternidad requiere paciencia, paz y serenidad que sobrepasa el entendimiento. Cristo, presente en la Eucaristía es la fuente del amor para las madres, que se les pide amar sin cesar, y sin contar el costo.

Adoración del Santísimo Sacramento, especialmente, prepara a las familias para la misión. Los padres tienen la responsabilidad de formar a sus hijos para ser discípulos misioneros misericordiosos, y caritativos. Todas las familias tienen un llamado sagrado para ser una fuente de alegría apostólica en el mundo, ser testigos de Cristo y a proclamarlo, con intencionalidad y entusiasmo. Pero Dios llama a cada familia a una clase particular de trabajo o apostolado, y cada familia debe discernir como individualmente están llamados a llevar el Evangelio al mundo. Que el discernimiento empiece con familias en oración, en presencia de la Eucaristía, pidiendo al Señor que les guíe en la misión del Evangelio y pidiéndole que los prepare para la misión.

Esposos y esposas que se arrodillan juntos en adoración del Santísimo Sacramento, especialmente con sus hijos, renuevan su amor familiar a través del amor de Cristo, de modo que puede derramar su alegría en la evangelización del mundo, en la única e importante forma en la cual Dios los llama.

Además, sacerdotes que pasaran tiempo adorando Cristo en la Eucaristía se fortalecen para servir a la iglesia y el mundo como ministros de misericordia y verdad. Cada sacerdote está llamado a enseñar, santificar y guiar: ser un conducto de gracia en el mundo. Cada sacerdote está llamado a ser un evangelista y un testigo. Cada sacerdote está llamado a ser in persona Christi. Los Sacerdotes se pueden comprometer su ministerio con fidelidad y fuerza cuando ellos se renuevan, con frecuencia, en el amor de Dios, en presencia de Cristo en la Eucaristía.

Religiosos y religiosas que adoran el Señor Eucarístico encuentran nueva vitalidad y alegría en sus votos, en su vida común, en sus carismas y vida apostólica. Hermanos y hermanas religiosos son un fermento en el mundo, una fuente de luz y de sal. Se dedican a la labor de intercesión y a la guerra espiritual. Las mujeres y los hombres religiosos son signos del poder del bautismo. Son signos del amor de Cristo cuando experimentan su amor, especialmente a través del don de la Eucaristía.

El Papa San Juan Pablo II escribió que "Jesucristo es la respuesta a la pregunta planteada por toda vida humana". Cada uno de nosotros, de rodillas en silencio delante del Señor, encuentra las respuestas a las preguntas planteadas en nuestra vida.

Las personas mayores que adoran al Señor encuentran saciedad en el agua que es la presencia de Cristo. Jóvenes en la adoración encuentran que Cristo los guía, los llena de propósito y los llama a la santidad.

De rodillas ante Cristo en la Eucaristía, los que no tienen esperanza la encuentran. Los débiles encuentran fuerza. Los cautivos encuentran libertad. Los afligidos encuentran consuelo. Los que están en luto encuentran consuelo. Los solitarios encuentran amistad. Los pecadores encuentran misericordia.

Estando de rodillas ante Cristo en la Eucaristía, todos nosotros encontramos amor. Y el amor es lo que nosotros anhelamos. Ante Cristo en la Eucaristía, cada uno de nosotros descubre que la respuesta duradera, satisfactoria, que da respuesta a las preguntas de nuestra vida es el amor: amor derramado por Jesús y amor vertido hacia fuera de nosotros a todo el mundo, como misioneros de la salvación de Cristo.
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La adoración de la Eucaristía ha sido una gracia en la diócesis de Lincoln desde su fundación. Estamos bendecidos con dos órdenes religiosas contemplativas, adorando la Eucaristía y orando por nuestra Iglesia. Estamos bendecidos con las parroquias, como nuestra Catedral, en la cual la Eucaristía ha sido adorada por generaciones. Somos bendecidos con sacerdotes y religiosos que aman y promueven la adoración eucarística, con estudiantes universitarios que hacen horas santas en medio de la noche y con familias que arrodillan ante la Eucaristía juntos, con las madres y padres que enseñen a sus hijos a orar ante Jesús.

Debido a que el Señor nos está llamando a profundizar nuestro compromiso de ser misioneros del Evangelio, él también nos está llamando a profundizar nuestro compromiso con la adoración del Santísimo Sacramento, especialmente la adoración de la Eucaristía expuesta en la custodia, a través del cual podemos contemplar en el misterio del amor, la presencia de Cristo.

Yo he animado a nuestros pastores a exponer el Santísimo Sacramento durante las horas santas, días de oración o tener adoración perpetua, tan a menudo como sea posible. Animo a nuestras escuelas para realizar la adoración eucarística como parte regular de cada semana, siempre que sea posible. Y animo a todos los católicos para hacer adoración al Santísimo Sacramento una parte diaria de su vida y estar comprometidos con una hora Santa de adoración de la Eucaristía al menos una vez por semana, siempre que sea posible, ante el Santísimo expuesto.

El 18 de junio, solemnidad del Corpus Christi, voy a re-dedicar la capilla de los obispos en la Catedral de Cristo Resucitado como una capilla de adoración perpetua de Cristo en la Eucaristía. La adoración perpetua expuesta en la custodia, comenzará allí pronto después de la re-dedicación de la capilla. Deseo que este lugar dedicado de la adoración eucarística, en la Catedral, la iglesia madre de nuestra diócesis, sea una fuente de renovación en los corazones de todos los católicos y en nuestras familias y del mundo.

Cristo nos llama a ser santos, como él es santo. Cristo nos llama a ser misioneros, para que cada corazón humano pueda conocer la misericordia de Dios y la libertad. Cristo nos llama a conocer su amor y amar como él lo hace. Él nos llama a ser un don, como él se da en la Eucaristía.

Deseo que nuestra misión común como discípulos de Cristo sea renovada, fortalecida y profundizada por el amor de Dios, en nuestra adoración silenciosa del Corazón Eucarístico de Jesús.

Tenga la seguridad de mis oraciones, para una santa Pascua.

Sinceramente suyo en Cristo,

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