Escribo esta columna al término del 10º Congreso Eucarístico Nacional (NEC) celebrado en Indianápolis, del miércoles al domingo de la semana pasada. Según todos los informes, fue un tremendo éxito. Para mí, personalmente, fue una de las experiencias más conmovedoras y esperanzadoras de mis 39 años como sacerdote católico. El tiempo lo dirá, pero creo que será un momento de extraordinaria gracia para la Iglesia aquí en Estados Unidos.

El 10º Congreso Eucarístico Nacional llevaba casi tres años en planificación y forma parte de un Avivamiento Eucarístico más amplio, de tres años de duración, lanzado por los obispos estadounidenses en la solemnidad del Corpus Christi del 2022. El Avivamiento Eucarístico fue una respuesta a las encuestas y sondeos que indicaban que, desde la pandemia de 2020, se ha producido un descenso constante en la asistencia a la misa dominical. En el centro de esa disminución, según los datos, ha estado la pérdida de la creencia en la Presencia Real de Jesús en el Santísimo Sacramento. Los obispos estadounidenses se sintieron motivados para intentar "reavivar" el amor, la comprensión y el asombro por la Sagrada Eucaristía en los corazones de todo aquel que quisiera escuchar.

El Congreso Eucarístico Nacional de Indianápolis reunió a más de 60,000 personas, incluyendo a más de 150 obispos, cientos de sacerdotes y seminaristas, así como una gran multitud de religiosos y religiosas consagrados, además de decenas de miles de fieles laicos de la Iglesia, sin mencionar a todos aquellos que participaron en línea o a través de EWTN.

He asistido a siete Jornadas Mundiales de la Juventud y a media docena de conferencias FOCUS SEEK, todas ellas momentos extraordinarios de gracia, y el Congreso Eucarístico las superó a todas. Mientras que las JMJ y la SEEK se concentran en los jóvenes y los jóvenes adultos, el NEC reunió a toda la Iglesia, jóvenes y viejos, clérigos, religiosos y laicos, y todo lo demás. Era todo el Cuerpo de Cristo reunido para la oración, la unidad y la amistad en la Sagrada Eucaristía.

De la diócesis de Lincoln, más de 200 peregrinos viajaron a Indianápolis en carro y bus. Nuestro grupo de peregrinos contaba con representación de toda la diócesis, desde Nebraska City hasta North Platte, desde Blue Hill hasta Wahoo. Contábamos con varios de los ganadores de la Peregrinación del Pasaporte Eucarístico y sus familias, además de 10 sacerdotes, dos diáconos recién ordenados y siete de nuestros seminaristas, y una amplia representación de nuestras hermanas y hermanos religiosos consagrados. Era la Iglesia en toda su belleza y diversidad.

La última vez que hubo un Congreso Eucarístico Nacional aquí en Estados Unidos fue en 1941, hace más de 80 años, así que no había una guía reciente de cómo llevar a cabo con éxito una tarea tan enorme, especialmente en una época de división política y eclesial. Por lo que puedo afirmar, la Iglesia, en toda su diversidad y belleza, estuvo plenamente representada.

Entre los conferenciantes se encontraban los más populares y eficaces del país. Cada tarde concluyó con una adoración eucarística en el Lucas Oil Stadium (el estadio donde juegan los Indianapolis Colts). La música fue absolutamente impresionante: de todas las formas, desde el canto gregoriano y la polifonía hasta la contemporánea, y la sinfónica de Indianápolis proporcionó la música sagrada para la misa de clausura. Su Eminencia el cardenal Luis Antonio Tagle, prefecto del Dicasterio para la Evangelización, trajo saludos personales del Santo Padre y pronunció una cautivadora homilía para la misa de clausura del domingo. El cardenal Christophe Pierre, representante papal en Estados Unidos, dio la conferencia de apertura y participó en todo el evento.

Una de mis atracciones favoritas fue la sala de exposiciones donde estaban representados prácticamente todos los apostolados, ministerios, comunidades religiosas, movimientos, productos y empresarios católicos. Empresas católicas de cosméticos, asesores financieros, escuelas, y ministerios de la salud, por nombrar sólo algunos, todos celebraron su lugar único en la Iglesia. Era como la Ciudad de Dios bajo un mismo techo. Es fácil desesperarse porque a veces parece que la Iglesia apenas está viva, pero para los que estuvieron en Indianápolis estos días, está claro que la Iglesia no sólo está viva, sino llena de vida.

Me viene a la memoria esa escalofriante frase de Las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis cuando el castor parlante ficticio les dice a los niños que Aslan se está moviendo. La simple posibilidad de que Aslan estuviera entre ellos cambió a los niños de tal manera que todo parecía diferente. Eso es lo que yo experimenté en Indianápolis. Todo parece un poco diferente. La Iglesia, el cuerpo místico de Cristo, está moviéndose aquí en Estados Unidos.

El corazón del NEC fue, como debe ser, la liturgia, que es la fuente y la cumbre de nuestra fe. Lo experimentamos primero en las diversas expresiones de la liturgia de la Iglesia que se ofrecieron con tanta belleza, pero también en los tremendos frutos de esta fuente litúrgica: las charlas, las sesiones de alabanza y adoración, las obras de caridad expresadas de muchas formas – incluyendo el hermoso acompañamiento a las personas sin hogar y sus necesidades. También fluyendo de la liturgia fue la comunidad visible de fe entre clérigos, religiosos, consagrados y laicos que surgió espontáneamente de la experiencia común y, singularmente para mí, la hermandad de caridad episcopal que allí se sintió sin precedentes.

Los obispos nos relacionamos a menudo -quizá con demasiada frecuencia- como colegas administradores de la Iglesia. En Indianápolis, no tuvimos reuniones de negocios; simplemente rezamos y adoramos unos con otros. Si pueden imaginarse a más de 150 obispos entrando en música de alabanza y adoración, cantando juntos como hermanos, se harán una idea de cómo el Espíritu Santo agitó los corazones. (Quizá nos colocaron en nuestra propia sección para no someter a todos los demás a nuestra falta de talento musical).

En definitiva, todo lo relacionado con el Congreso fue un recordatorio de que el Santísimo Sacramento es un sacramento de caridad. Es el sacramento que nos adentra a la vida de Cristo quien anima nuestras vidas para que podamos amar como Él ama.

Tan a menudo es fácil caer en nuestros diversos campos dentro de la Iglesia, especialmente izquierda contra derecha, comoquiera que eso se manifieste. Nada de eso existía en Indianápolis porque todo el evento se trató sobre acercarnos a Cristo y dejar que Cristo nos encontrara en nuestra debilidad. No había más "plan secreto" que el amor misericordioso de Cristo.

De vez en cuando necesitamos recordarnos a nosotros mismos que tenemos un regalo verdaderamente inimaginable en que Jesús esté con nosotros en la Presencia Real. Espero que todos saquemos tiempo para estar con Jesús en la liturgia y en la oración ante el Santísimo Sacramento, y espero y rezo para que nuestros esfuerzos hacia el Avivamiento Eucarístico en la diócesis de Lincoln sigan siendo una fuente de gracia para todos dentro y fuera de la diócesis.